13 febrero 2013

Lincoln. Steven Spielberg, 2012.


Inconmensurable Daniel Day-Lewis. Técnicamente la película es perfecta, pero Lincoln no transmite gran cosa. Spielberg, que para mí es un mago, esta vez no consigue emocionarme, no encuentra el ritmo narrativo adecuado; algún destello, sí, pero le falta continuidad a esa mágica generación de emociones que suele conseguir Spielberg.

Entre los aciertos más valiosos, además de la interpretación de Day-Lewis, y en general, de todo el elenco de actores –impresionante James Spader-, están la casi pictórica fotografía de Janusz Kaminski, una brillantemente pálida puesta en escena, el haberse alejado conscientemente de la biografía para realizar una radiografía del personaje y el haber conseguido –esto era difícil- que el momento culminante de la película sea el momento de la votación, obviando, mediante elipsis, con la genialidad propia del director, el final de Lincoln que todos conocemos.

El propio Spielberg, digámoslo en su descargo, advirtió que esta película era distinta de todas las anteriores, por primera vez he priorizado las palabras” –ha dicho- “y el tema sobre la cinematografía. Como si fuera teatro”. A pesar de todo creo que no consigue su objetivo. La película, como digo, aunque es poco complaciente con el personaje y con la aprobación de la Decimotercera Enmienda, me parece fría, como si fuera una visita guiada a un museo. Tanta solemnidad y tanta densidad y espesor discursivo llega a saturarme.

Nos cuenta Spielberg los no siempre limpios tejemanejes que el gran Abraham llevó a cabo para obtener la aprobación de la Decimotercera Enmienda, las manipulaciones y compra de votos para obtener el fin deseado, el olor a cloaca, en fin, que destila a veces la política. Interesante ver esta película aquí, en España, en estos tiempos de corruptelas, e interesante, asimismo, la exculpación de este manipulador, pragmático y ambiguo personaje y la balsámica teoría de que el fin justifica los medios. Y no menos lo es el hecho de que esos pasajes de la película, los que conduce James Spader, se nos presentan con un cierto tono cómico, jocoso, que le restan importancia a los hechos.

En los asuntos familiares se nos presenta a un Lincoln distante de su esposa –a la que, sin embargo, nos presenta como una mujer fordiana, como centro y pilar ético de la vida del presidente-, y de su hijo mayor, y siempre dispuesto para el pequeño.

Spielberg realiza una película perfecta, de suave aroma fordiano, pero tengo la sensación de que como a su personaje, le pesa más la responsabilidad histórica que cualquier otra cosa, y quizá sea eso lo que lastra Lincoln, a pesar de observar y contar su historia desde el punto de vista de 1865 y no desde el políticamente correcto 2012. La película quizá sea una lección de historia pero para ser una lección de cine le falta lo que siempre le ha sobrado a Spielberg: emoción.

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