12 febrero 2013

Django desencadenado (“Django Unchained”). Quentin Tarantino, 2012.



Excesiva. En Django desencadenado lo que prevalece es el exceso, y no le favorece en absoluto. La duración de la película le hace un flaco favor; en varias ocasiones se puede plantear el cierre de la historia, pero no lo hace; cada vez da una vuelta de tuerca más. Y se hace larga, y pesada. El ritmo de la película se pierde continuamente.

Conceptualmente Django está muy cercana a Malditos bastardos; incluso el personaje que interpreta Christoph Waltz es muy parecido al que interpretó en Malditos bastardos. La delicada atención que se presta al lenguaje y los diálogos frescos y brillantes juegan a favor, y también el hecho de que como siempre en Tarantino la película sea muy visual –aunque en Django en ocasiones es también un perjuicio, porque la película va cayendo por la enconada pendiente de la exageración sin sentido. La música, otro de los puntos fuertes de su cine, tampoco se amolda demasiado bien al film; a mi juicio solo aporta incoherencia. El permanente abuso del zoom termina por aburrir, y le hace pensar a uno si la película la ha dirigido Valerio Lazarov. Como siempre en Tarantino montones de citas y homenajes cinematográficos, destacando el que realiza al Django original con una breve presencia de Franco Nero.

Con la excepción de Jamie Foxx magníficas interpretaciones en general, aunque algún personaje, como el interpretado por Samuel L. Jackson, están mal dibujados, no encajan. La inclusión del propio Tarantino en un pequeño papel es realmente patética, no hay manera de digerirla. Magnífica fotografía y muy buenos detalles en el montaje, como la sangre en el algodón o el disparo a Don Johnsson. Si tomamos la película por planos o por secuencias casi todo es brillante, pero el conjunto, unido, montado, es un desastre. Django desencadenado es entretenida a ratos, pero nada más. Es una película en que la forma machaca el fondo. Tiene poco que ver con el spaghetti-western. Este no es el Tarantino de Reservoir Dogs, Pulp Fiction, Kill Bill o Malditos bastardos.

Los primeros 45 minutos son buenos, pero empieza a perderse poco a poco. A partir del final de la escena –metida con calzador- del Ku Klux Klan y de la presentación del personaje de Leonardo DiCaprio la película se va desencajando. La estructura narrativa de la película es poco acertada, pierde el rumbo. La última media hora es un auténtico disparate, la explosión final una estupidez más que notable, y ver al caballo jerezano bailando le dan a uno ganas de dispararse en un pie.

La película es ambiciosa; trata sobre la libertad y el amor, pero también sobre el dinero y la venganza. Nos ofrece dos tipos de violencia que tienen poco que ver entre sí, porque si bien puede resultar divertido y paródico por evidente exageración las escenas de tiroteos, sangrientas hasta el exceso, no resulta así en otros casos como el del combate mandingo o el de los perros. Pero todo se mezcla como en una coctelera, sin grandes matices, con lo que, en definitiva, solo consigue un film irregular, carente de profundidad y algo extravagante. Adicionalmente, otro importante obstáculo que encontramos, además de los ya comentados, es que previamente existía Malditos bastardos. He leído por ahí, y creo que es bastante acertado, que Django desencadenado podría haberse titulado Los malditos bastardos en el oeste.

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