29 marzo 2013

Senderos de gloria (“Path of Glory”). Stanley Kubrick, 1957.


Comienza la película al son de La Marsellesa: libertad, igualdad, fraternidad. Tres principios que serán vulnerados por la narración que comienza.

La colina de las hormigas debe ser tomada en dos días. El general Mireau (George Macready), a quien se encarga la misión, lo cree imposible. Pero cuando se le insinúa el mando de una nueva División y una estrella más en su guerrera cambia de parecer. El portador del encargo es el general Broulard (Adolphe Menjou), que aparecerá todo el filme como instigador del comportamiento de Mireau. Esta escena transcurre en un gigantesco y lujoso salón.

Nos trasladamos a las trincheras, acompañando –en un impresionante travelling- al general Mireau en su visita al coronel Dax –un brillante abogado criminalista en la vida civil-, que será quien al frente de sus hombres deberá tomar la colina. Mireau, cínica y fríamente, calcula ante Dax el número de víctimas de la ofensiva, un 60 por ciento. A pesar de su desacuerdo Dax (Kirk Douglas) no renuncia a acompañar a sus hombres.

Esa noche tres hombres son enviados en avanzadilla, de patrulla. Sólo vuelven dos, uno de ellos, el teniente Roget, que tras lanzar una granada que mata a un soldado, vuelve atrás corriendo, dando por muerto también al otro soldado.

Al día siguiente, con Dax al frente, se produce el ataque. Ambicioso, como siempre, Kubrick lo rueda con cámara al hombro y con travellings laterales: impresionante. Uno de los grupos, el del teniente Roget, se queda en las trincheras y Mireau da orden, sin éxito, de bombardear sus propias posiciones para obligar a salir a los soldados. Los hombres se baten en retirada. La ofensiva es un fracaso.


La venganza de Mireau será terrible; sus comentarios despectivos hacia la tropa, hacia su espíritu gregario, a los que califica de perros rastreros son constantes. Finalmente se decide juzgar –consejo de guerra sumarísimo- a tres hombres del regimiento por cobardía.

El juicio demuestra que la primera víctima de la guerra es la honestidad. Si la guerra es cruel el mando es feroz. El veredicto del consejo de guerra lo sabemos desde que comienza: son condenados a muerte. Toda la puesta en escena del juicio es soberbia.

En un último intento por salvar las vidas de sus hombres Dax se entrevista con Broulard, que está dando una fiesta. Pero fracasa. Broulard admite que quizá la operación era errónea pero que debían realizarla para conformar a los políticos y la prensa y que los fusilamientos subirán la moral de la tropa y ayudarán a mantener la disciplina. Dax apuesta fuerte y, ante Broulard, acusa a Mireau de dar orden de disparar contra su propia tropa y amenaza con revelar esto a la prensa. El general, indignado, vuelve a su fiesta.

Tras la ejecución los dos generales van a comer, celebrando el esplendor del evento. Llega Dax y Mireau le felicita por lo bien que han muerto sus hombres. El cínico Broulard pone entonces sobre la mesa la orden de Mireau de atacar a sus propios soldados y acaba con él, para a continuación proponer a Dax el puesto de su superior: el coronel, que no es capaz de contener su indignación, lo rechaza, calificándo al general de sádico y degenerado.

La escena de cierre, en la taberna, con Christiane Kubrick cantando Der Treue Husar, una canción de amor que habla de un soldado, nos ofrece en primer plano las miradas tristes de unos hombres cansados.

Nos presenta Kubrick dos tipos de ejército: el del Alto Mando, cuyo campo de batalla son sangrientos y elegantes salones, y el de la soldadesca, en las trincheras, sitiados por el miedo y el frío. Y entre ambos está el coronel Dax, que lucha contra el manoseo de la patria y el honor de los primeros para ejemplarizar a los segundos, aunque ello cueste algunas, pocas o muchas, es igual, es la guerra, vidas.

Basada en la novela homónima de Humphrey Cobb, Senderos de gloria contiene una carga de antibelicismo más que notable y es tan actual hoy como lo fue el día de su estreno. A pesar de ciertos elementos expresionistas la película tiene un tono marcadamente realista.

El talento incuestionable de Kubrick le permite realizar una película sobre la guerra, en las trincheras, sin mostrarnos jamás al enemigo, al ejército alemán; es decir, rehúsa a la dialéctica de buenos y malos habitual y se centra en elementos de la lógica militar, muy especialmente en el consejo de guerra. Y nos narra cómo el bando vencedor, el que teóricamente defiende unos valores superiores, aplica esa lógica militar, totalitaria y autoritaria, para restablecer lo que considera un orden alterado.

La película fue producida por Kirk Douglas. Y el guión, a cargo del propio Kubrick, Calder Willingham y Jim Thompson, roza la perfección. La dirección de Kubrick consigue una fluidez perfecta de todos los elementos.

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