07 mayo 2013

M. El vampiro de Dusseldorf. (“M”). Fritz Lang, 1931.


Un asesino en serie anda suelto. Ha matado ya a ocho niños; el miedo, la sospecha, la paranoia, han sido sembrados en la ciudad. Ante la inoperancia policial y por el daño causado al mundo del hampa, con continuas redadas a la caza y captura del asesino, es ese hampa, como sociedad perfectamente organizada, quien decide buscar, capturar y enjuiciar al asesino. Aparece aquí el mundo delincuencial como un orden social, con sus estratos, con su ley y con su propio criterio de justicia.

M es la primera película sonora que dirige Fritz Lang, un director consagrado, autor de “Metropolis” (1927). A través de un intenso entramado de luces y sombras, Lang consigue un ambiente pesimista y opresivo en este filme –basado lejanamente en el caso real de Peter Kürten.

La película nos sitúa en los años postreros de la República de Weimar, con Alemania sumida en una profunda depresión. El título inicial de la película iba a ser “El asesino está entre nosotros”, pero finalmente fue cambiado. Se ha especulado acerca de esto con la idea, poco sostenible, de que el partido nazi obligó al cambio para evitar con ese título referencias no deseadas a su líder, Adolf Hitler. Esto no parece demasiado aceptable puesto que en 1931 tanto el partido como su líder gozaban de prestigio, y nada podía hacer pensar en lo que ocurrió años después. Y además, la mujer de Lang y coguionista de ésta y otras películas, Thea von Harbou, era miembro destacado del partido.

Con su psicopática interpretación de Hans Beckert, Peter Lorre, abre con brío las puertas de su carrera cinematográfica, pese a que durante casi dos tercios de la película sólo aparece de soslayo o en fuera de campo. Sin embargo, en el juicio al que es sometido realiza una demostración de su capacidad interpretativa. M trata del surgimiento y multiplicación del impulso violento. Se nos narra no los asesinatos, sino la caza del hombre; una manada de lobos para el hombre se ciernen sobre su presa.

Sin rodar ninguna escena de crímenes, Lang consigue que el espectador sienta la misma rabia e impotencia que las familias de las niñas asesinadas. En esta película sobresalen notablemente el montaje, la fotografía y el sonido y sobre todo el trabajo realizado mediante las elipsis y el fuera de campo, subrayado cuando se trata del asesino a través de un leitmotiv musical -un fragmento del “Peer Gynt” de Grieg. El resultado es realmente inquietante.

En un incesante juego de sombras, salpimentado con abundantes movimientos de cámara y picados y contrapicados, Fritz Lang nos introduce a una atmósfera completamente opresiva, en ocasiones con exagerada cantidad de humo, en la que música y sonido suman tensión adicional.

La secuencia del asesinato de la niña -asesinato que no vemos- está magistralmente articulada: la madre llama a la niña, plano de la escalera, en la mesa el plato y la silla vacíos; la pelota aparece rodando y el globo se engancha en los cables del telégrafo. No sólo no vemos a la chiquilla, tampoco vemos al asesino: están ambos fuera de campo. El montaje es excelente.

La red de espionaje constituida por ciegos y mendigos es todo un hallazgo. Cuando uno de ellos detecta al asesino, y un joven lo marca con una M, comienza la persecución del aterrorizado asesino. Huye, pero es capturado y sometido a juicio por sus conciudadanos delincuentes, mientras él, en su defensa, proclama su inocencia, pues no puede controlar su mal interior; es culpable pero también víctima. El juicio es el lugar donde se enfrentan bien y mal. Señalaba Gilles Deleuze que Lang, en esta película, hacía del mal una dimensión humana en forma de “impulso irresistible”, anotando además que el juicio revelaría cierta ambigüedad moral, puesto que el objeto del mismo no era la verdad. Hans tiene suerte y la policía, al detenerlo, lo rescata de un previsible linchamiento y ejecución. La violencia solo queda sugerida.

Lang nos muestra la dificultad para discernir entre el bien y la idea de justicia, y el caos, el linchamiento y la venganza. Nos ofrece una muestra sobre la naturaleza humana, y sobre la naturaleza social, sobre el crimen y sobre el juicio social, sobre el sentido de la culpabilidad. El carácter individual de las figuras que intervienen, el criminal y la madre –aunque ésta de breve y escasamente interesante aparición- choca con el carácter colectivo de la mayoría: policía, delincuentes, mendigos. Es decir, el enfoque de la película está ideado desde el sujeto colectivo.

También tiene esta película un cierto tono documental; por ejemplo, en las conversaciones telefónicas, Lang utiliza imágenes de apoyo que ilustran sobre el contenido de la conversación.


Película llena de detalles y sutileza, donde lo implícito juega un papel más que importante, definitivo, en la consecución de la tensión y el miedo que Lang consigue inocularnos.

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